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Vida y música de Bill Evans

Vida y música de Bill Evans

Peter Pettinger

ISBN 9788496879126
424 páginas
15,5 cm. x 23,5 cm., encuadernado en tapa dura

25,48 €

En stock, envío inmediato

La pasión y la erudición se hermanan en esta biografía para recorrer la compleja y a veces dramática vida de Bill Evans, uno de los pianistas más influyentes e innovadores en la historia del jazz y, según muchos entendidos, uno de los grandes músicos del siglo XX. Su peculiar manera de recrear la tradición, sus armonías impresionistas, sus líneas melódicas sincopadas y polirrítmicas continúan sonando como un eco indeleble en los pianos de nuestro tiempo. Pero a los estilos jazzísticos dominantes en su época (bebop, cool, improvisación modal), Evans aportó sobre todo un intenso e irrepetible lirismo que el crítico Gene Lees ha descrito mediante un dictamen lapidario: «era el poeta del jazz». En la poesía sonora se proyectaba un personaje sin duda difícil y en cierto modo atormentado que, sin embargo, nunca dejó de ser entrañable para quienes lo tuvieron cerca: los testimonios aquí recogidos de sus amigos y colegas nos presentan a un ser humano excepcional que se entregó a la música con una mezcla de pureza, energía y modestia no demasiado común entre quienes viven iluminados por la luz de los focos.

Peter Pettinger, pianista de formación clásica con importantes grabaciones a sus espaldas, narra la trayectoria personal y profesional de Evans, explica sus logros y sus tragedias, describe la arquitectura de su música (técnicas, métodos de composición, formas de actuación en grupo, etc.), analiza su enorme legado y, por encima de todo, pone su bien entrenado oído a escuchar las variadas texturas de una obra fascinante.

 

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Los lectores opinan sobre «Vida y música de Bill Evans » 
El título original del libro, How my heart sings hace referencia al afán de Bill Evans de conseguir una expresividad tal en el teclado que pareciera que su piano “cantara”. El título en español, Vida y música de Bill Evans es menos evocador. Bill Evans era un pianista clásico que tocaba jazz. Esto puede prestarse a discusión o, al menos, a un debate teórico al que no me voy a apuntar porque mi formación musical es limitada. Bill Evans se formó como pianista clásico y jamás abandonó su pasión por la música clásica ni cuando tocaba. En sus últimos años, solía viajar acompañado de una grabadora portátil JVC que el promotor de su gira japonesa le había regalado. Oía sin cesar a Rachmaninoff. Aunque dijo frases tan apasionadas y jazzísticas como “Me saca de quicio que la gente quiera analizar el jazz como si fuera un teorema intelectual. No lo es. Es sentimiento”, su carrera se estructura a través de los pasos que daban sus teorías musicales, a través de sus avances técnicos, de sus “descubrimientos”, porque nunca dejó de investigar y teorizar sobre su propia música. Y esto siempre lo hizo desde la óptica de sus referencias clásicas. La biografía escrita por Peter Pettinger comienza realmente cuando Evans decide ser un músico de jazz, empapándose de las influencias de muchos pianistas de la época, entre los que estaban Lennie Tristano, del que admiraba su frialdad, y sus preferidos: Oscar Peterson y Thelonius Monk. Nunca llegó a convertir a ninguno de ellos en una única influencia (aunque de Bud Powell dijo que en él estaba todo), pero jamás se sentó a imitar la música de ninguno de ellos. Estudiaba sus teorías y las traía a su propio contexto. Si le sumamos a esta alquimia el componente clásico, tenemos la ecuación Bill Evans. Vida y música de Bill Evans es un ensayo, pero un ensayo que se lee como una novela, un melodrama de superación personal que, escrito por un pianista clásico, como es Peter Pettinger, se entiende como un relato de superación musical, una búsqueda épica de la teoría perfecta, que comprende tres décadas. Es cierto que datos como la hepatitis crónica que obligó al músico a tocar durante temporadas en un estado lamentable, al límite de sus fuerzas, o su apego a varias drogas por impulso social, por conjuntarse con el grupo, son temas que tienen que aparecer en el libro, pero son detalles de atrezzo, no el hilo argumental del relato. Peter Pettinger centra la narración en la partitura y en la ejecución, describe los estados de ánimo y el resultado de cada grabación, de cada sesión que ha llegado en forma de álbum o de grabación pirata, todo ello analizado nota por nota, escala por escala, con sus improvisaciones y sus variaciones, un libro que va más allá de la simple biografía y que podría ser un simple libro de teoría musical, un estudio sobre la evolución de un músico en singular, pero el libro va más allá. A mí aún me sigue estremeciendo la anécdota que cuenta sobre una jeringuilla en mal uso que le dejó el brazo derecho inútil. Principios de los sesenta, en parte por culpa de la droga, fue una mala época económicamente hablando para Bill Evans, lo cual en lo musical se convirtió en fecundidad. Se prodigada en todos los clubs que lo llamaban, grababa con dúos, quintetos, big bands... gracias a que era capaz de adaptarse a cualquier formato, pero una jeringuilla sucia le infectó el brazo derecho, dejándoselo sin sensibilidad, por lo que tuvo que tocar una semana entera en el Village Vanguard con una sola mano. Afortunadamente, si algo caracteriza el estilo de Evans es su habilidad para crear motivos musicales con ambas manos, esto, ayudado por lo pedales y el truco de apoyar la mano insensible sobre el teclado a modo de acompañamiento no sólo salvó la situación sino que atrajo la curiosidad y la presencia de numerosos pianistas en el Vanguard aquella semana. El libro es una biografía, pero está escrito por un pianista clásico desde una óptica analítica que desmenuza cada grabación y cada sesión de Bill Evans que ha llegado hasta nuestros días, a pesar de lo cual la narración es tan fluida que casi parece una novela. La "novela" comienza con el impulso de Bill Evans hacia el swing, las primeras orquestas de baile en las que participó, como el trío de Mundell Lowe (con el que tocó durante dos semanas a principios de los 50 en Calumet City, Illinois, en un club donde el escenario estaba separado del público por una alambrada para que no les alcanzaran los botellazos que lanzaba el público), las primeras grabaciones en el estudio que Rudy van Gelder tenía montado en su casa (Stenway de cola incluido, donde el ingeniero grababa para Savoy miércoles y jueves, para Prestige los viernes y para Blue Note los domingos), la llamada de Miles Davis, por recomendación de George Russell (Miles pregunta: “¿Es blanco?” Sí. “¿Lleva gafas?” Sí. “Ya sé quién es ese hijoputa; lo vi una noche en el Birdland y vaya si toca. Tráemelo el jueves por la noche al Colony, en Brooklyn”) y su forma de entender e interpretar la música a través de sus diferentes tríos (con Paul Motian y Scott LaFaro, con Eliot Zigmund y Eddie Gómez, con Joe LaBarbera y Marc Johnson) o en sus discos en solitario (Conversations with myself, Further conversations with myself, New conversations, en los cuales innovó tocando varias pistas de piano superpuestas o utilizando teclados electrónicos Rhodes, con los que nunca llevó a congeniar del todo, en los últimos). Como he comentado, el autor no se centra en los problemas de salud y sus causas, pero describe perfectamente su estado físico y de ánimo, y la influencia que esto tenía en su forma de tocar. En el capítulo final, deja constancia de la forma en que el trío encaraba los directos, cada vez con un tempo más rápido, más fluido, con un Joe LaBarbera plenamente integrado que casi ahogaba a los otros músicos con sus platillos. Parecía como si la vida se le escapara de las manos (a Evans le quedaban meses de vida), con la conciencia ya antigua de que lo único que lo empujaba hacia adelante era la música. En el verano del 80 estaba totalmente enganchado. Rehusó varias veces el tratamiento médico (solía decir que lo único que necesitaba era tocar) y prácticamente se alimentaba de caramelos. Murió el 15 de septiembre después de un largo y lento suicido. En resumen, una vida intensa, siempre buscando nuevos caminos en el teclado, nuevas teorías, reinterpretando las anteriores, un nunca acabar. No es una historia para contarla, pero me gustaría dejar caer aquí la transcripción de un maravilloso capítulo. La situación: el trío de Bill Evans, con Eddie Gómez al bajo y Marty Morell a la batería, aparece en un programa de la NBC con el flautista Jeremy Steig como invitado. Después de tocar el tema de la película Espartaco, una de sus favoritas, Bill Evans explica al público desde su teclado los ingredientes de lo que a continuación van a cocinar: So what. Transcribo: “Empezaremos con una introducción o un pasaje preparatorio, que será totalmente libre, lo primero que nos venga a la cabeza. Comenzaremos sin demasiada tensión y ésta irá en aumento hasta llegar a un punto en el que podremos relajarla y dejar que Eddie entre con la primera frase cuando quiera. Después de la presentación del tema, Jeremy tocará un par de coros, pero nada demasiado elaborado. Yo acompañaré su intervención durante un coro con un obligato y haré algunos ornamentos en el siguiente. A continuación, improvisaré con la sección rítmica durante dos coros y luego volverá a entrar Jeremy para hacer otros dos, y en esta ocasión podrá tocar lo que le apetezca. Después le tocará el turno a Eddie: haz un coro que nos devuelva al tema. Haremos un coro de tema y alargaremos el fnal aguantando el tempo hasta que el tema se desvanezca por sí solo”. Esto es organización del trabajo y no otra cosa. Bill Evans era un genio musical de una inteligencia desbordante que, las más de las veces, desborda a los oyentes, especialmente a los que esperan oír un jazz mainstream. De los pocos discos que tengo de Evans, sólo suelo poner You must believe in spring, el único álbum que (para mí) equilibra los sentidos lírico y jazzístico del pianista (traducido: lo que me gusta de Evans y lo que espero de un disco de jazz), porque sigo considerándolo más un intérprete clásico que un compositor de jazz.
 
Escrito por Félix A. el 10/07/2008
Evaluación del lector: 5 sobre 5 estrellas [5 sobre 5 estrellas]
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