“Mi vida es un triángulo de alcohol, Gitanes y mujeres”, afirmaba desafiante Serge Gainsbourg. Músico, compositor, cantante de cavernosa voz, poeta, escritor, cineasta, actor, pintor, renovador de la canción francesa… en definitiva, referencia estética de toda una generación, Gainsbourg mantuvo relaciones con las mujeres más bellas de su época, les escribió tórridas canciones, las fotografió sin ropa para la posteridad y las rodó en filmes de bajo presupuesto. La opinión pública le censuró duramente, la prensa rosa le persiguió, y las radios prohibieron divulgar sus discos y sus intervenciones televisivas fueron vetadas.
A él le hubiera gustado ser recordado por su enorme talento para la melodía, desde el yeyé hasta la música clásica, pasando por la chanson, el pop, el reggae y la experimentación O por sus letras, increíbles ejercicios de lenguaje, que jugaban con la sonoridad de las palabra, el doble y triple sentido de las frases, las onomatopeyas, la filosofía, la obsesión sexual, el amor y la muerte. Sin embargo (cosa que tampoco creemos le importara demasiado), es especialmente admirado por haber creado y cantado a dúo con Jane Birkin el himno erótico por excelencia de los setenta, esa cadencia apoyada en un órgano agónico, llena de susurros, gemidos y voces entrecortadas, ‘Je t’aime… moi non plus’.
Profusamente ilustrado
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