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| Los lectores opinan sobre «Memorias de un Rolling Stone » |
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Wood es un cachondo y se nota en la redacción del libro. Impagable su visión de los entresijos de los Rolling Stones, especialmente su camaradería alcohólica con Richards. Muy divertida también la visión desmitificadora de otros monstruos como Dylan. En general, el libro es ameno y fácil de leer, además de muy interesante por el continuo cachondeo de Wood sobre casi todo. Escrito por Jorge Ramón B. el 15/04/2009
Evaluación del lector: [4 sobre 5 estrellas] |
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Un chaval muy majo y con un sentido del humor apreciable. El libro se lee de un tirón y aparece un montón de gente conocida. Supongo que las curas de desintoxicación son para Ron una especie de vacaciones entre gira y gira; no le veo salir muy convencido de ellas. Igual el día que deja de trasegar se nos muere. ¡Viva el rock! Escrito por Angel M. el 01/04/2009
Evaluación del lector: [3 sobre 5 estrellas] |
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En principio, cualquier biografía en la que un artista nos cuenta en primera persona su experiencia vital debería ser mucho más interesante y creíble que la que pueda aportarnos cualquier otra clase de autores, a priori, más discutibles en su opinión y que, sin duda, se ha visto obligados a documentarse en segundas o terceras fuentes, seguramente menos fiables que la del propio interesado. En el caso que ahora nos ocupa, esta autobiografía del rolling stone Ronnie Word se nos antoja tras su lectura más divertida que informativa en mayor o menor profundidad. Me explico. Que Wood es un tipo que en el mundo del espectáculo tiene buenísima fama, parece fuera de toda duda y se le reconoce más por lo buena persona que al parecer es que no por las grandes aportaciones musicales que haya podido hacer. Nadie duda que es un guitarrista muy competente capaz de adaptarse a cualquier situación artística –hablamos de capacidad técnica y de “savoir faire” en cualquier ámbito estilístico en el que se proponga experimentar– cosa que ha tenido ocasión de demostrar en su ya larga y azarosa vida en común con sus Satánicas Majestades, pero también en otras numerosas y variadas experiencias en solitario o en formato grupal que ha llevado a cabo todos estos años desde que a los 16 años debutara como músico profesional. Pero tampoco que tras todo este tiempo en la carretera no ha quedado para la posteridad ninguna obra –léase canción o disco– que deba ser considerado como relevante para la historia de la música. Pero algo deberá tener –un carácter afable y una capacidad de fomentar amistades, presumo que excepcionales– cuando propios y extraños (músicos como Jeff Beck, John Lennon, Rod Stewart, Jimi Hendrix, Bob Dylan, Eric Clapton, Bob Marley, Bo Diddley o George Harrison y personalidades de otros ámbitos como Tony Curtis, John Belushi o el mismísimo Muhammad Ali, entre muchos otros más) lo han estado requieriendo constantemente para convivir artísticamente o colaborar en proyectos de toda índole.
El caso es que en estas Memorias de un Rolling Stone, al parecer bastante sinceras a tenor de lo que llega a contar, no le tiembla la palabra al bueno de Ronnie cuando se trata de hablar de los pasajes más escabrosos de su vida; aquellos en que el eslogan por antonomasia de este negocio –sexo, drogas y, por supuesto, rock & roll– se cumple a rajatabla en toda su magnitud. Sí que es verdad que se echa de menos algo más de información musical, detalles de grabaciones, modos compositivos, etc., pero es que las partes “rosa” y “amarilla” de la historia son tan sabrosas y abundantes en detalles que cuando uno se da cuenta ya se ha devorado sus casi 350 páginas de anécdotas.
Queda claro que los dos personajes de su vida fuera de la estricta relación consanguínea con padres, hermanos o hijos, son por este orden Jo, su última compañera sentimental hasta la fecha y, por supuesto, el incombustible Keith Richards. Si la primera ha sido el elemento clave que ha logrado preservar desde hace más de treinta años y con no pocos quebrantos su seguridad física y mental –otra vez, por lo del sexo y las drogas–, el segundo ha supuesto algo así como su álter ego, en cuanto a amistad, complicidad a todos los niveles y una química musical dentro y fuera de los escenarios y de los estudios de grabación, que ha sido, seguramente, la culpable de que los Rolling Stones sigan dando saltos de un lado a otro del mundo sin apenas parar. Se agradece en lo discursivo ese tonillo pícaro y gamberro que parece ha presidido todo su existencia y que uno no sabe si calificar de completamente hilarante o simplemente de tragicomedia por muchas de las situaciones aquí descritas.
Incluye por supuesto esa interesante y muy reveladora faceta suya de pintor –no olvidemos que como muchos grandes de la música su génesis formativa debemos buscarla en una escuela de arte cualquiera del Reino Unido– que ha sido el complemento vital perfecto para ocupar o compartir las pocas horas que su condición de dinosaurio del rock casi a full time o de padre y esposo más o menos modélico, le han dejado disponibles. Escrito por Javier de Castro I. el 27/02/2009
Evaluación del lector: [5 sobre 5 estrellas] |
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| Viendo de la 1 a la 3 (de 3 opiniones) |
Páginas: 1 |
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